De pequeña estaba convencida de que los adultos no lloraban. No debían o su cuerpo había eliminado esa opción de los ojos. Sobre todo, esta idea me viene dada por mis padres. Fuertes, con templanza… que pocas veces nos expresaban –a sus hijos- si estaban viviendo alguna situación dolorosa o agobiante.
A los 16 años falleció mi abuelo. Era verano, a punto de irnos de Madrid a descansar. Mis hermanos y yo, un tanto nerviosos –es lo que tiene la edad- sólo pensábamos en nosotros. Suspendí ese año cinco o seis asignaturas en el colegio, algo verdaderamente imposible de aprobar dado mi expediente. Aún recuerdo la imagen de mi madre, despeinada, con las gafas casi llegando a la punta de la nariz por estar con la cabeza bajada de fregar las sartenes. Estaba a contraluz, pero eso no me impidió ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y fijaba su mirada castigadora en mí. Le había defraudado. Se derrumbó, pero siguió con sus quehaceres, mientras yo me encerraba en la habitación de turno que tuviera cerrojo para meditar. Acababa de morir su padre, sus hijos no paraban de darle la tabarra y encima, la niña iba a repetir curso.
Mi padre, supongo, que al ser varón, eso de expresar su dolor delante de sus hijos le cuesta un poco más. Derramar una lágrima, a día de hoy, no le he visto; pero sí dolor en sus ojos y una expresión en el rostro de rabia.
También, de niña, me sorprendía que mis padres no estuvieran todo el tiempo dándose besos –sobre todo, en la boca-. Criada viendo telenovelas… Hasta que con unos cuantos años más, y habiendo tenido ya algún noviete, llegué a la conclusión que un tímido beso, un abrazo o una mirada es la expresión de amor más puro y precioso que hay.
Esta misma mañana, al salir del baño de adecentarme un poco para la jornada laboral, me quedé clavada al ver una escena preciosa. A mi padre, desayunando, mi madre, de pie, le acariciaba la cabeza y le daba un beso en la frente. Sólo fue eso, un instante; pero precioso. Resulta ser algo cotidiano que simboliza más que cualquier otra expresión el amor verdadero.
A mi novio le encanta darme besos en la frente. Cuando lo hace y tengo una cámara fotográfica cerca, realizo una foto. Al ver el resultado, me limito a ver la expresión de él. Es también algo precioso. Transmite tranquilidad, paz, amor… A mí me gusta besarle en la mejilla donde tiene tres lunares que me encantan. Como le digo yo: “Te los doy en la izquierda porque está más cerca del corazón”.
Me fascina pasear por las calles y observar a la gente, máxime cuando se trata de parejas mayores que van de la mano. Es la meta que persigo. Y que muchos otros, también. Esas miradas que se cruzan, esa ternura con la que se dan la mano… Es envidiable.
Ver a mis padres así, felices, me emociona, me alegra y me hace tenerles en mente para cuando tengo que lograr algo con esfuerzo. Entonces, sí, se sentirán orgullosos de mí, como yo de ellos por todo lo que siguen haciendo, con su amor como motor.
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