lunes, 3 de octubre de 2011

Marketing de olores

Envueltos en la era del consumismo más exagerado, en las facultades de toda la vida se imparten asignaturas relativas a la mercadotecnia, o ‘marketing’, que suena más guay, digo, ‘cool’.

Se puede y debe vender de todo, aunque se esté viviendo una de las crisis económicas mundiales más brutales de los últimos siglos. Todo se compra. Siempre habrá algún personaje, un tanto curioso y sorprendente –bienllamado ‘friki’ o ‘freak’- que se hará con un producto que a alguien le sobra por resultarle inservible.

En una subasta internacional se vende, en estos días, el primer vestido que lució la difunta Lady Di cuando se prometió con el príncipe Carlos de Inglaterra. Lo vendían por una burrada. Y por una burrada –muchos billetes sin cara de burros- se adquirió.

¿Cómo se gesta la venta de un producto, de un servicio? Es sencillo, hay que resaltar aquello que resulte desapercibido y embellecerlo. Capa de maquillaje mediante: tipografía, colores, imágenes… Y actualmente, mediante los olores. Está claro. La esencia de algo se nos grava como a fuego en el cerebro. Los primeros recuerdos que uno tiene de su infancia son imágenes, pero éstas pueden modificarse, olvidarse… Pero un olor, no.

La casa de verano, la colonia que usaba la abuela, la hierba mojada, la madera barnizada. Aunque queramos o no, esos olores no se borran de nuestra memoria.

Una vez, le pregunté a mi hermana por qué había dejado se ponerse el perfume que tan caro le costó hace tiempo. “Porque me lo regaló él –el ex novio, en cuestión”. En esa época yo todavía no había empezado a salir con chicos y no entendía cómo una dejaba de usar un perfume por otra persona; hasta que tuve a mi primer ‘noviete’. Al romper, al igual que mi hermana, dejé de ponerme mi preferida. Una vez, enfrentada a mí misma y como terapia de choque, me puse dos gotas. Mil y un recuerdos me vinieron a la cabeza en cuestión de segundos. Estaba enfadada, ¿por qué? Sólo pensaba en irme a la ducha cuanto antes y que ese dichoso olor –bastante fuerte, por cierto- se fuera de mi piel.

Hay quienes dicen, y es verdad, que un olor de perfume o de agua de colonia huele diferente en cada persona. Por eso cuando vas por la calle y lo percibes, inmediatamente tienes paranoias, miras a todas partes, buscándole… O buscándola.

Algunas tiendas han enfatizado esta rama del marketing. Hay una boutique femenina –ahora también masculina- que huele a sus bolsos de plástico que tira para atrás. Otra de ropa interior, que tiene un olor afrutado y joven que invita a llevarte toda la tienda. Adivinad cuáles son, histeriosos...

Y las estaciones del año desde siempre han tenido su marketing de olores. Otoño huele a hoja seca, a viento, a nuevo curso, nueva etapa… Invierno trae consigo el de las castañas asadas, los guisos, la lana. La primavera –mi preferida- atrae los más deliciosos aromas de flores, de selva madre, rosas… El verano se disfruta y se identifica con el olor de las cremas solares, del gazpacho, de la fritanga de los chiringuitos, de tus recuerdos de la infancia.

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