sábado, 13 de octubre de 2012

El príncipe azul ha muerto

"El príncipe azul ha muerto. ¡Viva la princesa azul!". Parafraseando a Nietzsche, se podría aplicar esta expresión a la vida real y actual de la mujer del siglo XXI. Me explico: de pequeñas, nos enseñaron que las bellas e ingenuas princesas, que se quedaban dormidas a la primera de cambio, podrían despertarse únicamente gracias al casto beso de un príncipe azul; ése que se bajada de su caballo alado...
Disney se encargaba de edulcorar nuestra infancia y hacernos creer que la mujer necesita de un hombre sí o sí para sentirse "poderosa", protegida. ¡Mentira!
Bien es cierto que con cierta edad y experiencia, las mujeres seguimos teniendo la esperanza de que aparezca nuestro príncipe azul, aquel que "es": fuerte, valiente, amable, divertido e inteligente, como dice una amiga. Suprimible, el último calificativo, según ella... 
No nos damos cuenta, hasta que no llega el MOMENTO existencial de cada una, que nosotras somos mucho más de que lo pensamos, de lo que creemos que proyectamos a los demás. Las mujeres, cuando sufrimos, lloramos. Cuando nos caemos, nos levantamos (hasta ocho veces por cada siete). Somos montañas rusas de sentimientos, de cambios de humor... Un príncipe azul repeinado, a nuestro lado, es un pelele. ¿Por qué? Porque nuestra lucha es el día a día. Es acudir a una amiga cuando estamos tristes, o al contrario: estar donde y cuando se nos necesite. Es reírse de nuestros pequeños defectos... Es pintarse los labios y ser divinas. Es estar con pelos de loca y chándal dándonos un atracón de comida basura. 
Las princesas azules somos bellas por dentro y por fuera. Somos amigas, confidentes, juerguitas, ardientes, dulces, compañeras... Somos las que ayudamos al hombre cuando éste se hunde. No somos "colegas", somos mucho más. 
También somos aquellas que idealizamos al hombre que acaba de pasar a nuestro lado. Laudeamos su imagen, la ponemos en un pedestal. Hablamos de lo bien que huele, de cómo nos mira... Y todo esto se lo contamos a una amiga, otra princesa azul, mientras nuestros ojos brillan. Irradiamos una luz que hace que cada espacio sea único y hermoso. 
¿Que si tenemos que besar a una rana? A miles de ranas, sapos y culebras; pero vale la pena. Soñemos mientras se pueda. 
El príncipe azul no existe. No. Nosotras sí que somos aquello maravilloso que pensamos que es ÉL. 
¡Viva la princesa azul! ¡Viva nosotras!

martes, 9 de octubre de 2012

Yo sólo quería un masaje...

Llevaba varios meses con dolor de espalda, con malestar. Un amigo me propuso, antes de verano, irme con él y otra amiga a un SPA, con circuito de aguas termales... Y un masaje al final.
Feliz y temerosa, lo reconozco, fui. Me cambio, me pongo mi bikini y albornoz y me dispongo a "empaparme".
Todo tiene muy buena pinta. La primera "piscina" (disculpad mi gran ignorancia) está bastante calentita. Muchos botones en las paredes... Apretemos algunos, pues. Eh... Curioso. Chorros y chorrazos golpean contra mi lechoso cuerpo. Y se meten en todos los agujeros... Vamos a la siguiente, la temperatura va bajando... Todavía sigo algo tensa y sobresaltada. Algo sospecho...
Toca el turno de las saunas. No entiendo cómo a la gente les gusta. ¡Calor absurdo e innecesario! Al menos, para mí. Mareos que no vienen a cuento. Definitivamente no me gusta asarme...
Tomamos un refrigerio. Almendras, zumo 99% concentrado... Vale, está bien.
Llega EL MOMENTO. Mis acompañantes van cada uno a un cuarto. Estoy sola en uno bastante grande. Me dicen que me quite el bañador y me ponga "esto". "Esto" es un tanga blanco de papel bastante humillante que no deja nada a la imaginación. Obediente, como siempre, me lo pongo. ¡Qué remedio!
Me tumbo en la camilla, como me había indicado la señorita. Me tumbo boca abajo. Craso error. "No, disculpa, boca arriba, como antes le había dicho". Cierto es que me hice la loca cuando me lo comunicó la primera vez... Pudorosamente, tapándome los pechos, me doy la vuelta.
Masaje facial, de pierna, de muslamen, de brazo... "¿Va usted bien al baño?", me pregunta mientras me masajea mi blanca tripa. Le agrada mi respuesta y me da la enhorabuena. Vaya, qué bien...
De repente, me baja la toalla que cubría mi tronco. Quedan al descubierto "mis niñas". Muerdo con fuerza para no reírme. No me apetece hacer más el ridículo... Las masajea, sí, masajea a "mis niñas". Cual masa de pan. Sin piedad. No sé qué pretende con tanto meneo pectoral, la verdad.
"Dese la vuelta", me dice la amiga masajista. Nuevamente, obedezco. Estoy en sus manos, nunca mejor dicho. Yo vine, repito, porque me dolía la espalda. Apenas un toqueteo por aquí, por allá. Se acabó. "Puede vestirse" y se va.
Salgo ya con mi bikini y albornoz. Una voz familiar me pregunta: "¿Te ha gustado?". Es la masajista... "Sí, me ha encantado", respondo con una asustadiza pero dulce sonrisa. Me dirijo hacia los vestuarios. La misma pregunta de la misma persona. Contesto igual. Me extraña tanta insistencia pero me figuro que es normal tanta "amabilidad".
Me encuentro con mi amiga en el vestuario. Le pregunto intrigada: "¿A ti también te han masajeado las tetas?". Me asustan sus ojos abiertos... Mala señal. "No, no me las han masajeado... ". Eh... Salimos a la calle. Le formulo la misma pregunta a mi amigo. "Cada uno teníamos un masaje contratado distinto", afirma con gran seriedad.
Durante todo este verano, a muchas de mis amigas les he preguntado: "Perdona, cuando has ido a que te hicieran un masaje, ¿te han masajeado las tetas?". Todas me han respondido con lo mismo: una sonora carcajada. A ver... Yo sólo quería un masaje...