lunes, 3 de octubre de 2011

Pues a mí sí me gusta…

… la Navidad. Parece que se ha puesto de moda que la gente diga que odia estas fechas tan especiales. Prefieren seguir con las caras de amargura que han tenido durante todo el año. ¡Ah! Y por supuesto, ya “no se lleva” eso de celebrar el nacimiento de Jesucristo. ¡Por favor! Y menos, festejarlo en familia… ¬¬

Muy mal. Muy mal me parece. Esta tontería de ir de vacaciones a otros países en Fiestas es capitalismo en estado puro y absurdez supina.

También es cierto que estas fechas siempre son melancólicas; tendemos a compararlas con las de otros años… Algunos seres queridos ya no están entre nosotros, la situación económica familiar está en su peor momento etc. Pero, así es la vida, amigos. Ya vendrán tiempos mejores, de verdad. Se debe festejar por todo lo alto estos días, máxime cuando hay nuevos miembros y miembras –como diría la analfabeta funcional Aído- en nuestros clanes. Ellos deben disfrutar y nosotros con ellos. Es maravilloso vivir nuevas navidades con personitas recién llegadas.

Todos hemos y tendremos navidades olvidables e inolvidables. Pero no por eso hay que entristecerse o amargarse.

Yo tengo como tradición poner el árbol, el belén y los adornos el puente de la Inmaculada. Bien es cierto que, al principio, me da un perezón espantoso pero luego, ya puesto, me encanta.

Ir por las calles de mi hermoso Madrid con las luces encendidas es una postal preciosa, que no me dejo de cansar de contemplar y retratar. La verdad es que, da igual en la época que estemos porque a mis Madriles se le encuentra encanto sí o sí.

También suelo, en las últimas semanas del año que se va, hacer un balance y ponerle una nota. Las malas cosas pasan a ser lecciones aprendidas y las buenas hacen que suba la clasificación final. Positividad.

¿Os acordáis de los villancicos, verdad? Pues cantadlos, leñe. O tararearlos, es un consejo.

Espíritu navideño que debe durar 365 días; eso sería lo ideal. Pero, de todo hay en botica. Procuremos alegrar a los demás. No somos perros, no ladremos a nadie, anda.

¡Feliz Navidad, histeriosos y que 2011 traiga sólo alegrías!

El pasado es el presente

Nunca caí en la cuenta de lo que influyen nuestros primeros años en el resto de nuestra vida. Aceptaba las teorías freudianas, los famosos “traumas infantiles”. Conocía la teoría al dedillo pero hasta que no lo he vivido en mis carnes no he sabido caer en la cuenta.

Es increíble como las personas, con el paso de los años y con la experiencia adquirida, dan siempre en la diana en sus afirmaciones. Los comportamientos –extraños o no- tienen siempre un porqué, un origen.

Nunca he sabido lo que es la soledad. Ni pretendo. Por eso no comprendo a las personas que, desde su más tierna infancia, han estado solos física o psíquicamente. Y, a día de hoy, sigo sin entenderlo. Pequeños detalles como, por ejemplo, a la hora de comer: quién empieza antes, qué hábitos tiene en su día a día…

Muchos padres se rompen la cabeza a la hora de elegir un buen colegio. Es lógico. Esos años van a marcar a sus hijos de por vida. Deciden, en muchos casos, si ese niño va a tener o no hermanos. Básico.

Hoy en día, lo digo por los famosos que salen en las revistas, las ‘celebrities’ juegan en el parque con sus hijos; éstos no se interrelacionan con los de su edad. Es decir, viven en un pseudo-mundo de adultos en el que los mayores se comportan como niños. Extraño…

Un niño tiene que estar con chavales de su edad. Pelearse, reconciliarse, odiar, amar… No debe vivir en esa burbuja porque luego, todo eso pasa factura.

Máxime, teniendo en cuenta que ahora, la forma de socializarse de los jóvenes tiene como medio un teclado –ya sea ordenador o móvil-. Falta contacto físico, salir a la calle y charlar no quedar para emborracharse, o lo que sea.

Un niño será un hombre feliz si, entre sus pilares están los siguientes: cariño de los padres (un abrazo o un beso nunca sobra), respeto por las cosas ajenas, no sentir nunca lo que es la soledad hasta que no sea un adulto 100%, jugar, tener responsabilidades y cumplirlas (deberes, horarios…), saber lo que está bien y lo que está mal.

Asimismo, los padres/profesores/tutores NUNCA deben hacer lo siguiente: comparar a un niño con otro (ya sea hermano, primo o compañero), decirle que es tonto, no escucharle, tratarle como un adulto, mimarle con premios que no se los merece.

Obviamente, en la adolescencia estas bases se esconden por diversos motivos: muchos cambios –internos, externos, medios…- pero una vez pasada esta edad se ven “los frutos” que en su día cosecharon los padres.

Seamos todos felices y disfrutemos de la vida. Ayudemos, en la medida de lo posible, a quien no ha tenido la suerte de vivir una buena infancia.

Las tres “D” del verano (básicas)

Cada fin de curso, la gente experimenta la irrefrenable sensación de irse del mundanal ruido cuanto antes, escapar de la ciudad y gritar a los cuatro vientos que está de vacaciones. Es como un éxtasis anual, una pandemia que se bien-recibe.

Al principio, da un poco de pereza. Eso de hacer la maleta, llenarla de “por si acasos”, comprobar que la cámara de turno funcione; elucubrar, pensar destinos, visualizarse a sí mismo en otros escenarios… Y lo que es más importante, estudiar con quién quieres pasar esos días de asueto. Cada verano es una, dos o tres mil historias y los personajes que las protagonizan, importantes.

Os doy mi receta para pasar un verano perfecto. Sólo hay que cumplir las 3 “D”:

1.- Disfruta: de cada momento, de cada alegría y enfado, de cada mañana, atardecer y anochecer. Alégrate porque estás donde y con quien quieres estar. Solo o en compañía, haz lo que te dé la real gana. Tu único objetivo es actuar por y para tu beneficio. Deja de pensar en los demás por unos días; ellos también lo hacen y no pasa nada.

2.- Desconecta: deja de pensar en lo que dejaste atrás, en los agobios, en las desilusiones y problemas. Si es necesario, habla lo mínimo indispensable. Déjate el móvil lejos de ti. Olvídate de la tecnología. Mira las noticias muy de vez en cuando. Desinfórmate.

3.- Deléitale: con cada susurro del viento, con cada nuevo y viejo olor, con cada recuerdo que te venga a la cabeza. Es maravilloso hablar de las personas que nos dejaron pero que siguen presentes. Siéntete dichoso por cada nuevo miembro en la familia. Ahora es también parte de ti y de tus veranos.

Retoma contacto con las viejas amistades (estivales) que, no se sabe por qué, perdiste (si valen la pena). Pide perdón por cada error cometido en el pasado, justifica tus actuaciones desde el corazón.

Las vacaciones tienen un único objetivo: recordarlas. Si volvemos de ellas tristes o melancólicos es una buena señal: significará que han salido mejor de lo que imaginábamos. Por el contrario, si sólo quieres volver cuanto antes a la rutina es porque no has puesto en práctica las 3 “D”.

Al regresar hay que ser positivos: un nuevo curso espera. Lleno de sorpresas, de personas por conocer (y desconocer…), de alegrías y penas.

Para consolarnos, están los fines de semana, los puentes… Cada vez queda menos para el siguiente verano.

P.D. Haced siempre lo que os dé la gana.

¡Feliz vuelta!

Ayer me acordé por qué…

… te quiero. Las razones que tengo para seguir a tu lado. El porqué lo que tenemos es tan bonito. Tan especial.

Ayer me acordé, después de algunos meses estando por estar, por qué eres mi mitad.

Tu mirada profunda e inocente se me clava. Me tratas con tanta dulzura que tus caricias parecen tocar una muñeca de porcelana. Tus besos, intermitentes y sinceros se tatúan en mi piel.

Ayer me acordé por qué seguimos jugando esta partida. Por qué las risas que escuchamos el uno del otro nos dan la vida.

Ayer me acordé por qué mi mano sin la tuya está huérfana. Apenas recuerdo la última vez que me sentí sola. Me agrada y me asusta que tengamos telepatía. Acabamos las frases del contrario, nos llamamos justo cuando más nos echamos de menos.

Ayer me acordé por qué tu olor se ha convertido en parte de mí. Sonrío cuando pienso que estamos creciendo juntos, aprendiendo de cada cosa buena y mala que nos pasa.

Ayer me acordé de cada instante vivido a tu lado; de cada gesto cómplice, de cada atardecer contemplado a tu lado. Las imágenes que guardo en mi retina superan las estampadas en papel.

Ayer me acordé cuándo te conocí. Cómo, de forma natural, ya éramos novios desde el mismo momento en que nuestras miradas se cruzaron.

Ayer me acordé de ese primer beso… De nuestra charla sentados en un banco en la calle. De cómo despertaba la ciudad y nos daba los buenos días; la bienvenida a la nueva pareja que se acababa de formar.

Ayer me acordé de nuestras peleas, de lo bueno que sacamos de ellas. De las hermosas reconciliaciones, que eran y son bombonas de oxígeno.

Ayer me acordé y me sigo acordando de lo afortunada que soy por haberte encontrado y que nuestros caminos se juntaran cuando tenían que hacerlo…

Corazón y espíritu

Estos días, con la euforia de la primera victoria española en el Mundial de Sudáfrica, se han hecho cientos, miles, millones de fotografías. Instantes emotivos, gloriosos, curiosos…

Pero fue justo ayer, al pisar tierra patria la selección española, cuando apareció la imagen más bonita de todas. Vicente del Bosque, el entrenador, se fundió en un abrazo con su hijo Álvaro, con síndrome de Down. Fue un momento breve, intenso, cotidiano que a muchos de nosotros nos impactó por el mero hecho de reflejar lo más precioso de la humanidad: el amor. En este caso, el de padre a hijo y viceversa. Los 23 jugadores aplaudieron en directo lo que los espectadores no pudieron. Todos estaban felices.

Del Bosque le había prometido a tu pequeño gran héroe que, si ganaba España, se subiría con él al autobús que recorrería las calles de Madrid en la más grande celebración desde… Desde… No hay comparación posible. Cumplió la promesa.

Y allí estaba el bueno de Álvaro sentado al final del bus. Parecía serio pero bien sabe su padre que en ese momento, era el “niño” más feliz del mundo. Y no sólo él, sino quienes les observábamos: a padre e hijo.

De Del Bosque senior siempre se ha dicho que tenía cara de ‘bonachón’, nunca ha presumido de nada. Pero ayer presumió de lo más valioso que tiene: Álvaro. De vez en cuando se acercaba al pequeño, vigilándole, como buen padre.

Hace cosa de un mes, se publicaba en la mayoría de los dominicales de las principales cabeceras un reportaje en torno al líder de la resistencia francesa contra los nazis Charles De Gaulle, con motivo de la publicación de su biografía. Se hablaba de sus labores, de la época que vivió; pero, sobre todo, de la cara más humana que reflejaba con su ángel de la guarda: su hija Anne; también con síndrome de Down. “Sin ella, no hubiera podido llegar tan lejos. Me dio el corazón y el espíritu”, dijo en su momento. Pero es la instantánea tomada con Anne sentadad en su regazo la que mejor puede reflejar lo que un padre quiere a su hija.

Es cierto, y puede resultar un golpe repentino y fuerte a la realidad, que las personas que tienen en sus familias a gente con alguna discapacidad ven el mundo con otros ojos. Parece como si les inyectasen en vena una solución a base de coraje y lucha sin medida. Es en las adversidades cuando el ser humano se muestra tal y como es, sin artificio.

Hay, cómo no, muchos grados de discapacidad: intelectual, física… Pero todas tienen un nexo: la demostración sincera del amor. Une o fragmenta familias; por lo general, se da más lo primero.

Antiguamente, se les tenía en casa por ser ‘diferentes’ y raro era que se hablara de ellos o se nombrara, con todas las letras, la deficiencia que tenían. Ahora, gracias a Dios, todo ha cambiado. Se están derribando barreras: sobre todo, las sociales hechas a base de… desconocimiento. Lo diferente siempre asusta porque… porque no se controla.

No nos llevemos a engaño. El motor del mundo no es el dinero sino la familia –ya sea la biológica o la hecha con los años-.

Vivir en primera persona con un ser “especial” es duro. Muy duro. Pero da más frutos de lo que nadie espera. Se crea un vínculo irrompible y poderoso.

La mala educación, ¿hereditaria?

De todos es sabido que los niños son como esponjas. A la hora de aprender, se quedan con los más mínimos detalles. Así es que son los más pequeños quienes formulan las preguntas más lógicas y simples. Ellos miran a su alrededor, asombrados y se cuestionan todo. Las respuestas, realmente, son muy sencillas pero somos los adultos quienes, por pudor o por “X”, lo complicamos todo. De allí, los traumas infantiles.

También es culpa de los mayores que, los niños, cuando tienen una edad razonable se comportan como auténticos monstruitos y ya es tarde para “enderezar la rama”.

Desde pequeños se les debe enseñar las frases-clave para los restos de sus vidas: “gracias”, “por favor”, “perdón”, “hola”, “de nada”… Parece que son fáciles de aprender, no requieren de un gran esfuerzo ni en la pronunciación ni en la escritura… Pues hay padres que no les enseñan a sus vástagos estas fórmulas magistrales. Luego, pasa lo que pasa.

El otro día me quedé ojiplática cuando, al presentarme a dos niños, de tres y siete años, éstos no me saludaron, me pedían cosas sin un “por favor” delante. Claro, viendo quién les ‘educa’, así van los angelitos.

De pequeña, cuando alguien me regalaba algo ya estaba mi madre detrás de mí –que no ‘detrás mía’, por Dios, no seamos analfabestias- alertándome: “¿Qué se dice ahora? Gra…?”. “¡Gracias!”, contestaba a viva voz. Aunque, en su día, te podías ruborizar, agradezco que mi madre insistiera tanto. Tal fue el efecto que provocó en mí que, cada vez que me dan un empujón, suelto un “gracias”.

Nunca un “por favor” o un “perdona” sobrará en una frase.

Después está el momento “ir a misa”. Están los padres presumiendo de churumbeles cuando, en plena homilía, éstos gritan como descosidos y corriendo de aquí para allá. “¡Qué graciosos son!”, pensarán sus padres. Exacto, sólo ellos. Todo el rato llamando la atención. Señor ,–y nunca mejor dicho- llévatelos al parque en vez de dar la tabarra. Total, Dios está en todas partes.

Influye el factor: “le quiero dar a mis hijos todo lo que no he tenido yo” y les malcrían. Les regalan los mejores juguetes, ordenadores… Les matriculan en las universidades privadas más caras.

Hay realities que muestran la cara más horrible de los adolescentes mimados que insultan y hasta pegan a sus padres, ésos que les han dado de todo y más. Un límite, anda.

Pero, ojo, “EN LA MESA Y EN EL JUEGO SE CONOCE AL CABALLERO”. ¿Qué es eso de comer con los codos en la mesa? ¿No ponerse la servilleta en los muslos? ¿Chupar el cuchillo/paleta de pescado? ¡¡¡Por Dios!!!

Un poco de modales, por favor. Por mucha marca que lleven, la mesa es el sitio clave para saber la cuna de la persona. Delata más de lo que la gente piensa. Al principio, lo pasaba fatal cuando compartía mesa con amigos sin modales; ahora sólo me limito a mirar mi plato. Ojos que no ven… Apostillo: vaso, a la derecha; pan, a la izquierda. Gracias.

La mala educación no se hereda, creo, pero es labor de los padres, que no de los educadores –valga la redundancia-, el que esa personita llegue a ser un adulto respetable y respetado.

Repitamos todos: ¡GRACIAS! ¿A que no es difícil?

Veinte años (de amistad) no son nada

Había oído hablar de ella. Sabía que se llamaba como yo. Tenía y tiene un año menos que yo. Es la hermana de un chico que estaba en mi clase. En 2º de EGB, como todos los días, rezábamos. Ese día, a petición de ese chaval, nuestra oración , iba dedicada a su hermana. La iban a operar del ojo. No se me olvida. Y eso que han pasado veinte años.

Un lustro después, repetí curso y me tocó como compañera. Llevaba una falda escocesa corta, muy corta. Era la mejor en clase de Educación Física y destacaba notablemente en pintura; en las demás asignaturas… no mucho. Jugaba al baloncesto, con las ‘populares’ del curso. Grandes canastas metía.

Dos cursos después, se 'inició' en la vida religiosa. Se cortó el pelo por las orejas, melenita; y su falda triplicó –casi cuatriplicó- su longitud. Resultaba curioso verla jugar al baloncesto o fútbol, no me acuerdo, durante unas convivencias con el colegio.

‘Pinta-pizarras’ la llamaba yo; siempre, en los intermedios de clase, se dedicaba a dibujar en el encerado. Y yo, como era un poco tiquismiquis, la regañaba. “¡Deja de pintar, María!”, le espetaba.

Algo le debí contagiar, porque también repitió curso. Poco después, se fue a Sevilla guiada por su vocación religiosa. Por causas que desconozco, volvió a Madrid dos años después. Todavía sigo sin saber el porqué de su regreso.

Estaba temerosa, asustada, desubicada, no sabía qué iba a hacer con su vida; aquella que creía ya planificada y proyectada.

Fuimos a una fiesta de una amiga, con la que ya hemos perdido el contacto. La maquillé, peiné, aconsejé a la hora de vestir…

María siempre ha tenido un humor negro; a veces es un poco brutota. “Feminidad, por favor, un poco de feminidad”, le digo.

Ella sabe qué dones le ha dado Dios. Pero teme usarlos. ¿Por qué? Ni idea.

Nunca nos hemos peleado, no ha sacado su lado “Belén Esteban” conmigo. Menos mal… Porque, como buena géminis, tiene un enfado que pa’ qué.

Y ahora le dedico este post. Ella sabe el motivo. Gracias, amiga.

La solidaridad bien entendida

El ser humano es un ser sociable, zon politicón, como apuntaba Aristóteles. Nace, vive y muere en comunidad; rodeado de gente.

En los momentos más duros que ha vivido la humanidad han aparecido pequeños-grandes gestos. Algunos fotógrafos intrépidos enviados a alguna guerra han sabido captar ese instante vibrante que ha dado la vuelta al mundo.

Hoy en día, mediante la e-información, en tiempo real se reciben en las redacciones de todo el Globo cientos, miles de noticias, de hechos curiosos, de gestos que engrandecen el alma y que nos hacen sentir… bien o mal.

La web social por excelencia, Facebook, acoge, además de grupos curiosos, graciosos o absurdos unos cuantos que son reclamos. Pero no publicitarios; sino de ayuda, de auxilio.

Hace un mes, en todos los medios saltaba la noticia de Laura, una hermosa niña madrileña de tres años, que necesitaba dinero para viajar a Estados Unidos, para que diagnosticaran su enfermedad ‘rara’: Anemia Sideroblástica Hereditaria. Sólo el tratamiento cuesta entre 400.000 y 800.000 €. Un aluvión de mensajes solidarios, en el grupo creado en el Facebook. Muchos anónimos que aportaron su granito de arena consiguieron que hoy Laura ya esté en la Clínica Mayo de Minessota.

Ayer mismo me ‘gustó’ la agrupación llamada ‘El diario de Pedro’. El 18 de abril de 2010 nació un precioso niño en Galicia con una mancha color vino en la parte derecha de su rostro. Diagnóstico: tiene el síndrome de Sturge Weber. Otra enfermedad ‘rara’. Es un síndrome hereditario caracterizado por la existencia de nódulos, a modo de tumores benignos en los ojos, la piel y el cerebro. La semana que viene le van a operar del ojo derecho, tiene glaucoma. Su padre escribe un blog con la historia de su pequeño, de su bautismo, del síndrome que tiene…

Hoy, en EL MUNDO, en la sección de Sociedad, destacan con el titular “Los días eternos de María”, la historia de una auténtica madre coraje. Tiene dos hijos. Los dos enfermos. La mayor, Mónica, tiene 26 años; microcefalia y artrogriposis. El otro, Alfonso, encadena tumor tras tumor desde los diez años. Ahora tiene 22. María no puede trabajar porque debe cuidar de su mayor; y su marido Dionisio está en paro. Sobreviven con 800 € y alguna aportación desinteresada de gente de la calle, anónimos.

Podría enumerar más historias reales, más testimonios… Pero no. Sólo voy a hacer un llamamiento a todos los que se quejan de su ‘vida triste’ y no ven lo que hay realmente a nuestro alrededor. No en otros países tercermundistas, no. Aquí, en nuestras ciudades, a pocos metros de nosotros, nos encontramos con ejemplos de lucha, de coraje, de rabia, de vida.

Haced la prueba: clickear la palabra ‘solidaridad’ en Google, en Imágenes. ¿Qué aparece? Manos, manos entrelazadas. Gente de diferente raza, abrazándose, tocándose. ¿No es mejor que empecemos a querernos entre nosotros y a dejar de pensar únicamente en que somos el eje del mundo? Somos sólo una millonésima parte. Colaboremos, escuchemos, sintamos y disfrutemos. Somos unos afortunados aunque no nos queramos dar cuenta. La felicidad no se trata en lograr un objetivo concreto en la vida; sino de alegrarse por cada pequeña cosa que nos pasa en el día a día.

¡Qué harta estoy del ‘yo-me-mí-conmigo’!

Marketing de olores

Envueltos en la era del consumismo más exagerado, en las facultades de toda la vida se imparten asignaturas relativas a la mercadotecnia, o ‘marketing’, que suena más guay, digo, ‘cool’.

Se puede y debe vender de todo, aunque se esté viviendo una de las crisis económicas mundiales más brutales de los últimos siglos. Todo se compra. Siempre habrá algún personaje, un tanto curioso y sorprendente –bienllamado ‘friki’ o ‘freak’- que se hará con un producto que a alguien le sobra por resultarle inservible.

En una subasta internacional se vende, en estos días, el primer vestido que lució la difunta Lady Di cuando se prometió con el príncipe Carlos de Inglaterra. Lo vendían por una burrada. Y por una burrada –muchos billetes sin cara de burros- se adquirió.

¿Cómo se gesta la venta de un producto, de un servicio? Es sencillo, hay que resaltar aquello que resulte desapercibido y embellecerlo. Capa de maquillaje mediante: tipografía, colores, imágenes… Y actualmente, mediante los olores. Está claro. La esencia de algo se nos grava como a fuego en el cerebro. Los primeros recuerdos que uno tiene de su infancia son imágenes, pero éstas pueden modificarse, olvidarse… Pero un olor, no.

La casa de verano, la colonia que usaba la abuela, la hierba mojada, la madera barnizada. Aunque queramos o no, esos olores no se borran de nuestra memoria.

Una vez, le pregunté a mi hermana por qué había dejado se ponerse el perfume que tan caro le costó hace tiempo. “Porque me lo regaló él –el ex novio, en cuestión”. En esa época yo todavía no había empezado a salir con chicos y no entendía cómo una dejaba de usar un perfume por otra persona; hasta que tuve a mi primer ‘noviete’. Al romper, al igual que mi hermana, dejé de ponerme mi preferida. Una vez, enfrentada a mí misma y como terapia de choque, me puse dos gotas. Mil y un recuerdos me vinieron a la cabeza en cuestión de segundos. Estaba enfadada, ¿por qué? Sólo pensaba en irme a la ducha cuanto antes y que ese dichoso olor –bastante fuerte, por cierto- se fuera de mi piel.

Hay quienes dicen, y es verdad, que un olor de perfume o de agua de colonia huele diferente en cada persona. Por eso cuando vas por la calle y lo percibes, inmediatamente tienes paranoias, miras a todas partes, buscándole… O buscándola.

Algunas tiendas han enfatizado esta rama del marketing. Hay una boutique femenina –ahora también masculina- que huele a sus bolsos de plástico que tira para atrás. Otra de ropa interior, que tiene un olor afrutado y joven que invita a llevarte toda la tienda. Adivinad cuáles son, histeriosos...

Y las estaciones del año desde siempre han tenido su marketing de olores. Otoño huele a hoja seca, a viento, a nuevo curso, nueva etapa… Invierno trae consigo el de las castañas asadas, los guisos, la lana. La primavera –mi preferida- atrae los más deliciosos aromas de flores, de selva madre, rosas… El verano se disfruta y se identifica con el olor de las cremas solares, del gazpacho, de la fritanga de los chiringuitos, de tus recuerdos de la infancia.

‘Piove’, ‘piove’

Hay gente que le relaja ver la lluvia caer. Les da serenidad ver cómo las gotas se deslizan por los cristales de las ventanas. Supone para ellos una dosis de paz estar bien abrigados en sus casas con sus mantitas mientras fuera diluvia…

Pues a mí… tampoco tanto. Sobre todo cuando tienes que salir a la calle por narices. Ya sea a trabajar, tirar la basura para que deje de parecer un estercolero tu cocina, para pasear al perro o habrá consecuencias desastrosas…

Últimamente cada vez que anuncian que va a llover me pongo en lo peor. La experiencia, la madre de la ciencia, me pone en sobreaviso. Para llegar a mi lugar de trabajo tengo que atravesar un paso por alto. Hace unos meses había desperfectos en el asfalto. Con la lluvia, amigos míos, se crean charcos y no se sabe la profundidad de éstos. El caso, que salía o volvía al trabajo después de comer, no me acuerdo. En ese momento, salían los chavales del instituto cercano. Llovía copiosamente, como dicen los cursis. Pasé cerca del famoso charco. Pasaban los coches muy rápido. No sé qué tiene el agua que la gente se acelera… ¿Alguien ha visto la primera entrega del Diario de Bridget Jones? ¿La escena en la que toda mona va a reencontrarse con su verdadero amor y, al bajarse del taxi, se cala hasta los huesos? Sí, ésa. Pues me pasó lo mismo, con público adolescente y todo. Llevaba mi paraguas y todo. ¿Para qué me sirvió? Para taparme la cara ruborizada y calada… Para nada más. Es una imagen bastante patética pero graciosa para quien no la sufre.

Este mes de junio está haciendo bastante calor. Hasta me he quemado mi lechosa piel tornándose en rojo pasión. Pues esta semana amenazaban lluvia. Mi fobia volvió a estar presente, claro. Se me ocurrió la feliz idea de ponerme chanclas para ir a trabajar. Sin chaquetas, ni nada. Mucho menos, paraguas. Me cayó todo el agua del mundo. Ese día había quedado con un amigo después del trabajo. Obviamente, me pasé antes por casa para cambiarme el calzado y coger un paraguas. Un apunte: el paraguas está fenomenal cuando no hay viento. Pocas veces sucede esto. Se me volvió del revés el dichoso ‘umbrella’ cuando iba a cruzar por medio de la calle, a punto de cambiar el semáforo. En ese momento de climax cinematográfico, con una habilidad pasmosa, consigo ponerlo bien pero es entonces cuando, gracias a mi querido viento, recibo un latigazo de una de las baras de metal del artilugio en el labio… Tenía que reaccionar rápido, cruzar la carretera y llegar a mi destino.

También, el hecho de compartir paraguas es algo que no me hace especial gracia. Sobre todo si la otra persona te saca una cabeza –como es el caso de mi novio- y galantemente se ofrece a llevarlo él. Me mojo el doble, mi pelo –fosco no es la palabra- se enfurece y dice lo que mi boca no se atreve a decir: “Arrrrrrrrggggggggg!!!”.

En mis años mozos de universitaria iba hasta la facultad en autobús. Una de las paradas correspondía a un hospital. En una de éstas. Estaba yo feliz y cansadamente sentada cerca de la puerta del bus. Se sentó a mi lado una señora bastante mayor. Que lo único que hizo fue, cual torero con el semental, clavarme la punta del paraguas entre los dedos de mi pie derecho. No se dio cuenta –o eso espero-. Para lanzarle una indirecta, crucé mis piernas con lo que el paraguas, obviamente, se elevaría y se elevó. Nada. Mutis.

¿Qué más odio después de escribir este post? ¿Los paraguas? ¿La lluvia en sí? ¿La gente que se transforma en imbécil total? No sé… No sé…

La neo tolerancia

“Hola, soy Ana, de derechas, heterosexual, católica practicante”, dice una chica al ser presentada en una fiesta en un grupo de amigos. “Yo, Luis, homosexual, de izquierdas, agnóstico, encantado”, le contesta uno. Ésta es una situación ficticia. Y, sobre todo, absurda. Pues, a veces parece que algunas personas escuchan eso al ver a otros. Debe ser que saben de lenguaje no verbal. Qué se yo.

El caso que, al poner etiquetas a la gente limitamos el hecho de sacar lo más enriquecedor de las personas por nuestros prejuicios. Y los que van de ‘tolerantes’ no tienen ni una pizca.

La semana pasada, charlando con una amiga, etiquetada a sí misma “de mente abierta”, me soltó uno de los comentarios más homófonos que he oído en mi vida. El origen de este hecho se sitúa hace dos años, en una fiesta. A la que acuden varias personas y una pareja de lesbianas. Éstas, alertadas por los comentarios duros y del paleolítico del que son protagonistas cuando dan un ingenuo paseo, se pasan toda la fiesta sin besarse, sin tocarse, sin acariciarse. Al terminar, le pregunto a la homenajeada –son amigas suyas- por qué esa actitud tan fría de la pareja. “Por no herir sensibilidades”, me contesta. ¿Cómo? No supe reaccionar. Hasta que hace unos días, esta misma amiga me dice que les dijo a la pareja que había personas en la celebración que se podían sentir incómodas. Me enumera algunas de ellas. Cuál es mi asombro cuando me nombra a la de “mente abierta”. Y apostilla: “Al finalizar, me dijo que no había sido para tanto pero que las lesbianas, son tíos con cuerpos de hombre y que seguro que la estarían dando una nota”. Y aquí mi doble asombro: el grado de autoestima estratosférico de algunas personas y lo retrógrados que somos aunque abanderemos todo lo liberal.

Me duele y mucho estas situaciones. Gracias a que en mi camino me he ido encontrando con personas completamente diferentes a mí en todos los aspectos ahora puedo decir alto y claro que les considero AMIGOS para toda la vida.

Desgraciadamente también están los dos extremos enfrentados con los que me encuentro en el día a día que te tachan de “facha” por votar al PP; “sectari@” por creer en Dios, “perturbad@” por relacionarte con gente de su mismo sexo…

Asco, me da asco estas puntas de una misma cuerda. La tolerancia que existe hoy es la ‘neotolerancia’ caracterizada por:

1.- No tolerar todo aquello que no sea afín a ellos.

2.- Odiar y hasta repudiar a esas personas opuestas.

3.- Llevar una máscara de quita y pon dependiendo de la ocasión.

4.- Hablar sin saber porque no han querido entablar conversaciones con “los diferentes”.

5.- Ni tampoco, han investigado el origen o la cultura contraria.

6.- Detestar todo lo anterior al momento de la Historia que estiman oportuno.

Mis amigos son como un enorme abanico, de todos los colores y formas. No los cambiaría por nada pero, SEAMOS LEALES CON NOSOTROS MISMOS Y QUITÉMONOS LAS MÁSCARAS. Sobre todo, no seamos hipócritas y presumamos de “mente abierta”, cuando se trata de mirada/perspectiva de burro.

… y le dio un beso en la mejilla

De pequeña estaba convencida de que los adultos no lloraban. No debían o su cuerpo había eliminado esa opción de los ojos. Sobre todo, esta idea me viene dada por mis padres. Fuertes, con templanza… que pocas veces nos expresaban –a sus hijos- si estaban viviendo alguna situación dolorosa o agobiante.

A los 16 años falleció mi abuelo. Era verano, a punto de irnos de Madrid a descansar. Mis hermanos y yo, un tanto nerviosos –es lo que tiene la edad- sólo pensábamos en nosotros. Suspendí ese año cinco o seis asignaturas en el colegio, algo verdaderamente imposible de aprobar dado mi expediente. Aún recuerdo la imagen de mi madre, despeinada, con las gafas casi llegando a la punta de la nariz por estar con la cabeza bajada de fregar las sartenes. Estaba a contraluz, pero eso no me impidió ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y fijaba su mirada castigadora en mí. Le había defraudado. Se derrumbó, pero siguió con sus quehaceres, mientras yo me encerraba en la habitación de turno que tuviera cerrojo para meditar. Acababa de morir su padre, sus hijos no paraban de darle la tabarra y encima, la niña iba a repetir curso.

Mi padre, supongo, que al ser varón, eso de expresar su dolor delante de sus hijos le cuesta un poco más. Derramar una lágrima, a día de hoy, no le he visto; pero sí dolor en sus ojos y una expresión en el rostro de rabia.

También, de niña, me sorprendía que mis padres no estuvieran todo el tiempo dándose besos –sobre todo, en la boca-. Criada viendo telenovelas… Hasta que con unos cuantos años más, y habiendo tenido ya algún noviete, llegué a la conclusión que un tímido beso, un abrazo o una mirada es la expresión de amor más puro y precioso que hay.

Esta misma mañana, al salir del baño de adecentarme un poco para la jornada laboral, me quedé clavada al ver una escena preciosa. A mi padre, desayunando, mi madre, de pie, le acariciaba la cabeza y le daba un beso en la frente. Sólo fue eso, un instante; pero precioso. Resulta ser algo cotidiano que simboliza más que cualquier otra expresión el amor verdadero.

A mi novio le encanta darme besos en la frente. Cuando lo hace y tengo una cámara fotográfica cerca, realizo una foto. Al ver el resultado, me limito a ver la expresión de él. Es también algo precioso. Transmite tranquilidad, paz, amor… A mí me gusta besarle en la mejilla donde tiene tres lunares que me encantan. Como le digo yo: “Te los doy en la izquierda porque está más cerca del corazón”.

Me fascina pasear por las calles y observar a la gente, máxime cuando se trata de parejas mayores que van de la mano. Es la meta que persigo. Y que muchos otros, también. Esas miradas que se cruzan, esa ternura con la que se dan la mano… Es envidiable.

Ver a mis padres así, felices, me emociona, me alegra y me hace tenerles en mente para cuando tengo que lograr algo con esfuerzo. Entonces, sí, se sentirán orgullosos de mí, como yo de ellos por todo lo que siguen haciendo, con su amor como motor.

La moda veraniega

Capítulo vestidos.

Todos los veranos, sin excepción, al ir de compras me viene a la mente la idea de “¿por qué no me compro este vestido blanco ibicenco?”. Una vez en el probador, las dudas se despejan rápidamente por varias razones:

1.- Soy –no estoy, ojo- más blanca que el vestido. ¡Gracias, Nicole Kidman por poner de moda la piel lechosa! No aspiro ni aspiraré nunca a ponerme morena.

2.- El corte del mismo no sienta bien a todo el mundo.

3.- Teniendo en cuenta la polución de mi querido y adorado Madrid, al final de la jornada la prenda acaba de color negro.

Pero es que no hay manera. De verdad, todos los años me encuentro con el mismo dilema y con el mismo desenlace. No me lo compro. Opto por otros colores más vivos y con formas más favorecedoras.

Capítulo sobre el calzado.

Sandalias. Bien. En principio, se cae en el error de que “con un par” te apañas para la época estival. No. Recuerdo que en verano nos atrevemos más a vestir con colores que el invierno nos impide utilizar. Como mínimo… cuatro pares con los colores combinables: marrón, negro, blanco (en botas no, por Dios, que no es súper hortera, es lo siguiente) y azul o rojo. Por favor, de cuero, porque si nos las compramos de plástico nuestros pies arden, sudan y esto puede conllevar a la consulta de un podólogo por diversos hongos.

Las sandalias con pulsera me parecen preciosas pero mis geniales tobillos no dejan que se cierre con normalidad. Espero no ser la única.

¿Con tacón? ¿Al ras del suelo? Esto, al gusto del consumidor. Desde hace tres años se impusieron las espartanas y siguen de moda, por algo será. Son cómodas, bonitas… Y también las hechas en países árabes. Aunque este calzado esté dos semanas apestando a vaca. Igual que el bolso comprado en la misma tienda.

Hace dos años vi a varias chicas llevando botas de cowboy… ¿Y en invierno qué se pondrán? Qué calor.

Este verano, se llevan las pseudo botas-sandalias. Se ven los dedos de los pies, parte del talón pero una tela semi-gruesa tapa los tobillos. Qué extraño invento.

Capítulo camisetas.

Hay tantas como estrellas en el firmamento. Y dependiendo de la ocasión se puede acertar o ser, con todo el derecho del mundo, criticada. Para el trabajo, aunque haya o no reglamento para la vestimenta en verano, no vayamos en tirantes, que queda mega choni. Y peor, cuando se ve el tirante o las copas directamente. Choni de extrarradio. Y si este trapito –el tamaño de la tela impide llamarlo prenda- lo conjuntamos con una mini falda, que no nos extrañe que nos tachen de choni de extrarradio poligonera un poco guarrilla.

Lo mismo, con los escotes. Sin exagerar… Ah, por cierto, la lycra en las camisetas (y en cualquier otra prenda) está más que prohibida y desaconsejada. Si ya se suda por el calor, no añadamos un extra… Y una mancha mojada bajo las axilas no es muy estético ni sensual. Momento aspersor, no. El algodón y el hilo son bienvenidos y adorados SIEMPRE.

Capítulo falda.

En este apartado hay que hacer un gran inciso referente a las edades y la forma física. Quienes tengan unos añitos respetables y hayan perdido la batalla contra la gravedad que se abstengan absolutamente a ‘des-lucir’ mini faldas. Por la integridad física y moral de ella misma y de quienes le rodean.

Las mini faldas vaqueras quedan fenomenal a las quinceañeras y veinteañeras. Apenas tienen celulitis y, qué diantres, a esa edad queda bien todo. Las que pasen de esa barrera, si no han estado todo un año en el gimnasio fortaleciendo muslos y glúteos, que ni se les pase por la cabeza ponerse una. Gracias.

Las extra-largas, vamos al caso opuesto, están incomprensiblemente siempre de moda y no importa en qué mes del año estemos. Para las descuidadas que se depilan de Pascuas a Ramos o que, simplemente tienen complejos con sus piernas; me parece una opción muy acertada. Mas si son de éstas que tienen vuelo y no se pegan mucho a los cachetes.

Capítulo pantalones.

Estamos durante nueve meses llevando pantalones largos –vaqueros, por lo general-, ¿también en verano? Pufff. El calor te invita, más que directamente, a que te pongas prendas más cortitas, o, por lo menos, más delgadas. Los pantalones de lino se llevaban a principio de la pasada década. Se arrugan sólo con mirarlos, los colores no pueden ser más llamativos y mortales, y algunos diseñadores/vendedores se empeñan en que nuestras madres o mujeres con ‘cuarenta y’ los sigan llevando, temporada, tras temporada. Stop!

Los shorts o bermudas son necesarios en verano. Pero cuidado con el largo de los mismos… Que la vida sedentaria no contribuye, generalmente, a que te queden como al maniquí anoréxico de la tienda.

Capítulo accesorios.

Es época proclive a ponerse pendientes largos, en plan hippie. Que me parece muy bien pero a ver con qué ropa los llevamos. O directamente, no se los pone una. Con eso de la piscina/playa etc. Es un incordio quitárselos para luego, por lo general, perderlos. Yo, como no puedo salir de casa sin pendientes, opto por ponerme los que menos pena me dé extraviarlos.

Pulseras. Es mi debilidad. Me fascinan las pulseras. En invierno, primavera, verano u otoño… Da igual. Te pones la trenzada de piel comprada en el puestecillo de turno. Las de nácar. La que te ha hecho tu prima pequeña. Pero siempre llevar, al menos, dos.

Las tobilleras se deben lucir, al menos un verano en la vida. Repito que con los tobillos que Dios me ha dado me ha resultado complicado encontrar una que no reventara o me gangrenara el pie.

Capítulo trajes de baño

Sólo decir que si tienes cuerpo de bikini, te lo pongas sin ningún pudor. Bien depiladita, a ser posible. Trikini, lo mismo que para el dúo; sólo si tienes percha. Traje de baño clásico: depende del caso. Los hechos para embarazada dan pena... Modistos, tomad nota.

Capítulo bolsos.

De paja, cuero, tela... Grandes, pequeños, medianos... Pero que no sean de plástico. Te duran el canto de un duro y sólo consigues sudar más.

Hacía mucho que no escribía nada. Espero que os guste

La balada del amor

Hace años leí en un artículo que el 80% de las canciones que se han escrito hablan sobre el amor. Amor en todas sus facetas, claro. El primer amor, el verdadero, el fraternal, a la vida… Hasta del desamor. Y es éste último el que más desgarradas y sentimentales letras inspira.

Cuando uno sufre el abandono de su mitad nota en su interior vacío. Es bastante angustioso. “Silencio”, como canta David Bisbal. Como si estuviéramos en una profunda cueva y gritásemos con todas nuestras fuerzas. Sólo escucharíamos nuestro eco. Pues hay algunos autores que consiguen plasmar a la perfección este sentimiento tan doloroso. Al igual que un fotógrafo consigue ‘robarle’ a la vida un instante que después se hace eterno, un compositor consigue la combinación perfecta de letra y música. Y si escuchamos esa pieza tan realista sintiendo, en ese momento, lo que describen sus frases, recurriremos siempre a esa canción cada vez que estemos así.

“Esta canción es deprimente”, me dijo una vez una amiga a la que le dejé oír mi MP3. “Sí, pero en estos momentos necesito escucharla porque así es cómo me siento”, le contesté. Está bien que nos desahoguemos con nuestros amigos pero si somos capaces de ver que hay artistas que lo han exteriorizado, sabremos que no somos los únicos a los que les ha pasado eso… El abandono.

Pasado el ‘luto’ del desamor, llega, para mí, la mejor parte, la de la rabia. ¡Ahí te pudras! Recuerdas todo lo que te hizo, la venda que llevabas para no ver lo tont@ que fuiste y, de la noche a la mañana, piensas: “No me supo valorar… Pues que le den”. Y la gran Marta Sánchez sale, en tu cabeza, a escena con “Soy yo”. Anda que no me he puesto esta canción veces ni nada. Cual Ave Fénix, resurges de tus cenizas. Sonríes y cada vez que te acuerdas de la otra persona, en vez de que se te escape una lágrima, te muerdes los dientes de rabia. Acompañado, por supuesto, de la expresión: “¡Valiente imbécil!”.

Por cierto, la indiferencia es el último paso para superar el desamor. Como es eso, indiferencia, no hay muchas canciones, que yo recuerde, que le hagan referencia.

Nueva etapa, nueva perspectiva. También, y de repente, aparece una persona que nos aporta cosas maravillosas. Que, con el paso del tiempo, empezamos a valorar, que nos empieza a enamorar. Y que nos aporta algo más grandioso: una mezcla basada en amor, amistad, confidencias, alegrías… El amor verdadero. Que nos muestra la parte más bonita de la vida; que nos hace ver, mediante sus acciones, que la persona que ocupaba antes nuestro corazón no le llega ni a la suela de los zapatos. Una mirada que ilumina nuestra existencia. Calculo que un 45% de las canciones del estudio antes citado se refiere a esta clase de amor. Suelen ser alegres, algunas bailables, otras… no tanto. Pero fundamentales para todos. Aunque algunas resulten ñoñas :D. ¡Qué razón tenía Luis Aguilé cuando cantaba lo que había que hacer para enamorar! “... dile que tu amor es para siempre, dile que por su cariño mueres, dile, dile”. El amor es como las plantas, hay que regarlo cada día. No pasa nada por escuchar canciones melosas y menos que las bailemos abrazados.

Un polígono industrial llamado China Town

Hace unos meses viví una experiencia que ha hecho que mi perspectiva a la hora de ir de compras haya cambiado radicalmente.

Seguro que alguna vez se compraron algo en un "Todo a 100" o "Al chino de la esquina", no al de alimentación, ojo. Tal vez les haya despertado la curiosidad por mirar las etiquetas de ese cuaderno a lo Agatha Ruiz de la Prada reconvertido en la marca "Amigos"; o ese estuche/neceser/aquícabetodo... El caso que el segundo origen de ese producto es... Fuenlabrada. Silencio sepulcral.

El caso, que hace un mes exactamente unos amigos, de lo más aventureros, apostillo, me invitaron a visitar un polígono industrial. El Disneylandia de los "Todo a 100". Boquiabierta me quedé con sólo mirar, admirar y contemplar esas grandes naves con letras en idioma oriental. No me atrevo a decir cuál es por pura incultura y para no meter la pata.

Entramos en la primera nave. Se respiraba mafia. Un cartel en la puerta/garaje donde se puede leer: "Mayoristas". Todos los juguetes que la UE prohíbe estaban allí. Esperando a ser comprados. Al otro lado, millones de prendas. Lo que más me llama la atención es la manía de las lentejuelas y brillantes que lucen los vestidos. Me atrevo finalmente y compro dos vestidos que, por supuesto, no me he probado... ¿dónde? Si no hay lugar para ello. Cada uno me cuesta cinco euros. Apañado.

Vamos a otra nave. Esta vez, de objetos varios: carritos de la compra, jabones, plantas... Un mega-ultra-hiper bazar. Veo un accesorio para el pelo. Llego a la caja. Por supuesto la dependienta me mira con cara de odio y no sabe ni papa de español, tampoco pretende aprenderlo. Consume compulsivamente tu vol de tallarines. "No uno, todo". Traducción: no me podía comprar sólo un pasador sino veinte. "Bueno, vale, pues voy a recoger los 19 restantes".

Cinco macro establecimientos después y más de una anécdota, emprendemos el viaje de vuelta. Dos de nosotros confiesan que han robado... Uno, una pitillera y otra, el mismo pasador que me compré. Rectifico, veinte.

A la semana siguiente de esa apasionante experiencia y de contársela a todo el mundo, voy nuevamente de compras; pero esta vez, por mi zona. En los últimos dos años han abierto muchas tiendas de ropa china. Los mejores locales, una iluminación más que buena y un orden... ordenado. La verdad es que lo que veo no me disgusta. Los escaparates están puestos con bastante clase. Exceptuando las típicas prendas que no regalarías ni a tu peor enemiga, la ropa es bonita.

Este mismo fin de semana me digo a mí misma: "Vayamos a mis adoradas tiendas 'low cost' (imperio 'amancianoortega', siglas suecas...). Y cuál es mi asombro al comprobar que en las etiquetas de las prendas figuran países como: China o Vietnam. Y el precio, el doble que las tiendas asiáticas de ropa. Lógicamente, he salido como entré en esas tiendas, con las manos vacías y con la tarjeta de débito bien guardadita.

Con esto quiero decir: ¿me convertiré en una poligonera? Tengo muchísimas ganas d evolver. Eso sí, acompañada, 'of course'.

"Es una mafia", dicen muchos. Algunas pegatinas que se ponen en las etiquetas versa "HECHO EN ESPAÑA", bien grande y en mayúscula. De acuerdo, pero, ¿dónde hay ropa BONITA, BARATA y BUENA hecha en nuestra patria? Yo compro donde la ropa me guste porque para ir hecha un adefesio... me uno al gigante asiático. Total, en unos años en nuestras escuelas no enseñarán inglés, sino mandarín.

Esta casa la recordaba más grande

Cuando ha pasado mucho tiempo, y se vuelve a la casa que significó mucho en una época anterior, el shock es demoledor. Primero porque ese lugar especial ha envejecido y todo lo que le rodea ha cambiado.

Un ejemplo muy claro es la casa de verano. Por lo general, una familiar. Hace una semana fui con mi novio a la casa de la sierra que tiene mi familia. Con muchísimas ganas emprendimos el viaje. Esa ilusión viene dada por los innumerables recuerdos que albergamos en una parte de la memoria que pocas veces sacamos por miedo a destruirlos.

Por fin llegamos a nuestro destino. El primer susto. El jardín que años atrás era un orgullo es muy parecido al de la película El jardín secreto. Abandonado, con malas hierbas en los caminos de arena y con el boj seco y enfermo. Entonces, entramos en la casa. Huele igual :D. ¡Ummmm! Es imborrable. Pero la sensación también es extraña porque parece como si las paredes se hubieran acercado unas a otras y los muebles, también.

Me asomo a la terraza, hace años, enorme. Y veo el jardín desde la segunda planta. También ha reducido el tamaño... ¿Qué ha pasado? Es como una casa de muñecas. Bajo al primer piso. Lo mismo de antes: el olor es familiar -y nunca mejor dicho- pero todo lo demás ha empequeñecido. La imagen del jardín es asoladora. Un sentimiento de tristeza me inunda. Al mismo tiempo vienen a mi mente millones y millones de imágenes, historietas, personas con unos añitos menos y algunos, que ya no están entre nosotros.

Bajo al garaje. Qué duro. Nuevamente ese lugar reúne elementos que me hacen tener sentimientos encontrados y sobre todo, enfrentados. Las bicicletas, alineadas siguen igual colocadas pero muy viejas, muy pequeñas. Al otro lado, montones de muebles que nunca he visto. Son parte de la herencia de unos tíos míos. Ahora ese sitio donde mis primos vivimos miles de momentos mágicos se ha convertido en un guardamuebles y no cabe nada. Apenas se puede atravesar con facilidad.

Me quiero ir. Lo que estoy viendo no se corresponde con los recuerdos que tengo. Las personas que asiduamente disfrutaban de ese lugar... no están.

Nos damos un paseo y llegamos a la casa más especial para mí, donde pasé mis primeros quince años de vida. La calle que conduce a ella también se ha estrechado. Miro con muchísima nostalgia las ventanas cerradas de esa casa. Mis padres la alquilaron durante mucho tiempo pero, debido al fallecimiento de mi abuelo y a lo que "se debe hacer para no parecer un imbécil", dejamos de pasar allí nuestros anhelados veranos de tres meses. Llevo mi cámara de fotos y hago muchas fotos. En blanco y negro, que queda más artístico y además, más deprimente. Total, es un día que pide estar deprimido...

Vamos al monte, donde de pequeños mis muchos hermanos y yo solíamos pasear y montar en bicicleta. Para variar, la gente con la que me cruzo... no la conozco.

"Volvamos a Madrid", le digo a mi novio. Quiero dejar de recordar cosas que ya no existen ni en personas que han crecido o se han ido...

Este ejercicio es duro pero también tiene su parte positiva: alegrarse de haber vivido esa envidiable y mágica infancia en ese lugar