Estos días, con la euforia de la primera victoria española en el Mundial de Sudáfrica, se han hecho cientos, miles, millones de fotografías. Instantes emotivos, gloriosos, curiosos…
Pero fue justo ayer, al pisar tierra patria la selección española, cuando apareció la imagen más bonita de todas. Vicente del Bosque, el entrenador, se fundió en un abrazo con su hijo Álvaro, con síndrome de Down. Fue un momento breve, intenso, cotidiano que a muchos de nosotros nos impactó por el mero hecho de reflejar lo más precioso de la humanidad: el amor. En este caso, el de padre a hijo y viceversa. Los 23 jugadores aplaudieron en directo lo que los espectadores no pudieron. Todos estaban felices.
Del Bosque le había prometido a tu pequeño gran héroe que, si ganaba España, se subiría con él al autobús que recorrería las calles de Madrid en la más grande celebración desde… Desde… No hay comparación posible. Cumplió la promesa.
Y allí estaba el bueno de Álvaro sentado al final del bus. Parecía serio pero bien sabe su padre que en ese momento, era el “niño” más feliz del mundo. Y no sólo él, sino quienes les observábamos: a padre e hijo.
De Del Bosque senior siempre se ha dicho que tenía cara de ‘bonachón’, nunca ha presumido de nada. Pero ayer presumió de lo más valioso que tiene: Álvaro. De vez en cuando se acercaba al pequeño, vigilándole, como buen padre.
Hace cosa de un mes, se publicaba en la mayoría de los dominicales de las principales cabeceras un reportaje en torno al líder de la resistencia francesa contra los nazis Charles De Gaulle, con motivo de la publicación de su biografía. Se hablaba de sus labores, de la época que vivió; pero, sobre todo, de la cara más humana que reflejaba con su ángel de la guarda: su hija Anne; también con síndrome de Down. “Sin ella, no hubiera podido llegar tan lejos. Me dio el corazón y el espíritu”, dijo en su momento. Pero es la instantánea tomada con Anne sentadad en su regazo la que mejor puede reflejar lo que un padre quiere a su hija.
Es cierto, y puede resultar un golpe repentino y fuerte a la realidad, que las personas que tienen en sus familias a gente con alguna discapacidad ven el mundo con otros ojos. Parece como si les inyectasen en vena una solución a base de coraje y lucha sin medida. Es en las adversidades cuando el ser humano se muestra tal y como es, sin artificio.
Hay, cómo no, muchos grados de discapacidad: intelectual, física… Pero todas tienen un nexo: la demostración sincera del amor. Une o fragmenta familias; por lo general, se da más lo primero.
Antiguamente, se les tenía en casa por ser ‘diferentes’ y raro era que se hablara de ellos o se nombrara, con todas las letras, la deficiencia que tenían. Ahora, gracias a Dios, todo ha cambiado. Se están derribando barreras: sobre todo, las sociales hechas a base de… desconocimiento. Lo diferente siempre asusta porque… porque no se controla.
No nos llevemos a engaño. El motor del mundo no es el dinero sino la familia –ya sea la biológica o la hecha con los años-.
Vivir en primera persona con un ser “especial” es duro. Muy duro. Pero da más frutos de lo que nadie espera. Se crea un vínculo irrompible y poderoso.
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