domingo, 26 de abril de 2015

Creo en ti...

Hace semanas, me retaron a escribir sobre lo que era el amor. El amor. ¿El amor? ¡El amor! Y no me he atrevido hasta el día de hoy… Será porque he visto un vídeo en la Red que me ha impactado. Unas cinco mujeres relataban cómo habían vivido ellas sus grandes amores y cómo ahora ya no estaban con ellos. De repente… Unos, frente a otros. Con vendas en los ojos. Y se las quitaban. Algunas de ellas lloraron. Y ellos… Dos de ellas son con las que más me he identificado. Una no podía reprimir sus lágrimas al tener delante a su gran amor… Había dolor, tristeza y amargura en sus ojos. Obviamente no lo había superado. Se daban un abrazo pero ella estaba rota por dentro… La otra chica sonreía. No paraba de hacerlo: mientras describía cómo había sido la relación, su presente, el tiempo transcurrido… Y, al verle a él, le brillaban los ojos de alegría. Se fundían en un precioso abrazo, cargado de AMOR. Hasta se besaban. Ahora me identifico con la segunda mujer, la que estaba feliz de reencontrarse con su gran amor tras trece años. Supongo que si te tuviera en frente de mí, te miraría directamente a los ojos, cogería todo el aire del mundo y suspiraría… Mi querido “aire que me sobra por ti, que me faltas”.

Un amor te cambia la vida, la forma de verla, de relacionarte con los demás, hasta la manera de hablar. Ya no miras con tus ojos, sino a través de los de otra persona que te va a acompañar toda tu vida. Bueno, su recuerdo. Aunque en el camino te cruces con otras personas.

Lo bueno es que a ese gran amor siempre siempre siempre le acompañan otros amores… El amor de tus padres… Ese abrazo o esa caricia que, sin buscarla, se da. Ese pequeño gesto que te conecta con quienes te dieron la vida. Esa mirada de amor incondicional que te dice: “todo va a estar bien, yo estaré a tu lado”. Sí… Cuando el mundo decide dar un giro inesperado y que tengas un “día horrible”, su sonrisa te devuelve luz. Y todo se arregla mágicamente.

El amor de hermanos… Quienes tenemos hermanos agradecemos a la vida compartir los primeros, segundos y eternos pasos a su lado. Aprendemos al mismo tiempo o ellos son nuestros maestros. Aunque te enfades con ellos, sabes que no hay personas a las que quieras más. Si alguien dice algo malo de ellos, te recorre una rabia por dentro… No sé… Que a nadie se le ocurra tocar a tu hermano o hermana. A nadie.

Los amigos… Esa familia que eliges. Unos van… Otros se quedan. Algunos te dejan huella. De ellos también aprendes. Con cada gesto, palabra o, sobre todo, error cometido por ellos o por ti.

El amor es algo grande. Es el acompañante que va de nuestra mano por la vida. Tiene tantísimas manifestaciones que, depende de tu momento, serán de una manera u otra.
Tal vez me haya liado un poco en este texto… Pero me ocurre algo… Considero el amor como una de las cosas más importantes del mundo y no sé cómo describirlo con las palabras precisas porque, afortunadamente, no es algo exacto. Cada uno lo interpreta como quiere. Es eso… El amor es libre y camaleónico. Depende de nuestro estado de ánimo, de nuestra etapa vital, de nuestras heridas y de sus curas…


Creo en el amor. En ti, en mí y en todo. Creo que cualquier prueba que nos encontramos solo es superada si tenemos a alguien a quien dar y de quien recibir amor.


Hace poco, me dijeron que escribía con las entrañas y que enamoraba con mis gestos... Pues espero seguir haciéndolo porque no conozco otra forma de vivir.

domingo, 5 de abril de 2015

No pudo ser...

Hacía tiempo que no escribía... Hacía tiempo que no estaba inspirada. Pero parece que volvió "mi musa". Esta vez, a mi pesar.

No sé cómo llamarlo ahora: enamoramiento o ilusión. El caso es que ahora vuelvo a estar con el corazón tocado y tengo que curarlo de nuevo. Sí, aunque me hayan hecho daño, sigo creyendo en el amor. Ese extraño sentimiento que te quita y te da la vida en cuestión de minutos, horas, días...

¿Qué siento ahora? Pues algo que me resulta familiar. Me duele físicamente el pecho y se me hace un nudo en la garganta mientras mi cabeza me está boicoteando para que mis ojos no paren de derramar lágrimas. ¿Un río? O un mar... Da igual. El caso es que me duele el amor.

Conseguí tiempo atrás curar las famosas heridas, que mi corazón estuviera al 100% preparado para recibir a su nuevo inquilino. Esta vez, los cimientos eran más firmes que nunca. Sustentados en confianza en mí misma, entrega, seguridad... Y así lo hice. Volví a entregar mi corazón en bandeja de plata a un desconocido que, a las pocas horas de hablar con él, se había convertido en alguien muy especial para mí.

Era la primera vez que no me importaba ser yo misma con mis innumerables defectos y alguna que otra virtud. Fui sincera, amable, graciosa... Lo que me salía en ese momento del alma. Parecía que todo iba bien. Aunque yo, obviamente tenía mis miedos y traumas, contra los que luché y salí ganadora de todas esas pequeñas batallas de mi cabeza. 

Me siento orgullosa de mí misma, de haberme entregado, de querer hacerle feliz a la otra persona todos los días. Lo haría otra vez, sin duda. Con pequeños detalles que le mostraran que no sólo movería Roma con Santiago sino el mundo entero con tal de arrancarle una sonrisa. Una sonrisa a alguien que se había olvidado de ser feliz.

No pudo ser. Su corazón decidió no corresponder al mío. Agradezco los minutos virtuales a su lado, su voz, sus palabras pero... Hay que seguir adelante. Repito: no pudo ser. Y aunque ahora mismo no sé quién llora más: si mi corazón o mis ojos, sé que este dolor pasará, como ya ha pasado en otras ocasiones. 

También sé, a ciencia cierta, que me volveré a enamorar. Que me entregaré en cuerpo y alma a otra persona pero... ¡Joder! Ahora mismo me duele muchísimo.

Me enamoró la belleza y bondad de su persona. La cabeza no elige a quién amar, sino el corazón, que es caprichoso pero sincero. 

Si lees esto, por casualidad, déjame darte las gracias porque me he enamorado, otra vez. No lo esperaba.

viernes, 16 de enero de 2015

Época de transición

Dicen que, a lo largo de la vida, uno pasa por diferentes etapas: infantil, juvenil... Pero, cuando es "adulto" parece como si éstas se multiplicasen de una manera desmesurada.
Varias veces he comentado que, una vez que hemos cumplido con los objetivos que nos marca la sociedad (nivel de estudios, básicamente), nos encontramos ante un acantilado. El vértigo que eso nos produce es feroz. O, por lo menos, a mí me ha pasado y me sigue pasando. 
Viajero frente a un mar de nubes
Caspar David Friedrich, 1818
Creemos erróneamente que, con el título de turno colgado en la pared, está todo hecho. No, señores; esto no ha hecho más que empezar. Lo que ocurre es que ahora los caminos, hablo en plural, son muchos y muy diferentes entre sí. 
Desde que obtenemos dicho título hasta que pasan una serie de años, no somos conscientes de las muchas vías que hemos tomado; de las muchas "reconversiones" y "reciclajes" que hemos tenido que hacer. Vale, muy bien... Pero, ¿por qué nadie nos dijo cuando estábamos estudiando que podíamos padecer frustración a lo largo de nuestra vida laboral? Eso me ha pasado. Y seguro que a vosotros, también. 
Hace casi ocho años me licencié. No de una carrera de esas con "muchas salidas". No, opté por cursar una vocacional. No me quería amargar cinco años estudiando algo que no me gustaba, no me motivaba y no creo que ni sirviera para eso. Me costó un triunfo encontrar un empleo decente y... Cuál fue mi sorpresa cuando descubro que lo odiaba y que no me hacía feliz. Aunque tuviera mi sueldo a final de mes, con el que comprarme caprichos o poder salir por ahí. 
Me dieron demasiados palos; hasta yo me los di, en un ejercicio de masoquismo absurdo y reiterado... No, no me gustó nada lo que el futuro me tenía deparado. Bueno, el camino que yo solita escogí, ojo. Pero algo dentro de mí me decía: "ten paciencia, todo esfuerzo tiene su recompensa". 
Un día, en vez de seguir en mi espiral de depresión y autoengaño, decidí frenar. Sí, de manera abrupta. Hice lo que hacía tiempo no hacía: escucharme y dejar de escuchar a los demás.
Puede parecer tonto pero, mantuve un diálogo de lo más intenso con mi niña interior. Sí, ésa que siempre tiene la verdad porque mira el mundo con ojos inocentes y puros; sin artificios. 
De pequeña siempre tuve claro a lo que me quería dedicar. Clarísimo como el agua. Como he dicho antes, elegí una carrera vocacional. Pero siempre me faltaba otra pieza que encajara para poder dedicarme a lo que me gustaba al 100%.
Desde mis primeras prácticas hasta el famoso "frenazo", puse en funcionamiento solo un 50% de mis capacidades. Pensaba que con eso bastaba. Ah, claro! De allí mi frustración... Ya lo entiendo todo...
Ahora estoy en la famosa etapa de transición que consiste en tener un proyecto de vida y laboral más o menos claro pero que todavía no se puede dar porque las circunstancias no acompañan del todo. Bueno, es lo que hay. Afortunadamente y por fin, ya sé hacia dónde dirigir mis pasos. 
La verdad es que cuando hablo del tema con la gente, al final todos dicen más o menos lo mismo: "no siento todavía que haya llegado a la meta". No, no hemos logrado todos los objetivos pero es NUESTRO MOMENTO. Y lo es porque podemos replantearnos de una vez qué queremos ser y cómo hacerlo. 
Bien es verdad que muchos han optado por conformarse o por forzar las cosas con el temor de no convertirse en perdedores. Pero, los que frenan en seco o toman decisiones de lo más radicales también tienen miedo. Todos tenemos miedo a fallar. Pero, ¿a ser felices? Me aterra no ser feliz, sobre todo y ante todo; más que no encontrar el "trabajo de mi vida". 
Los 30 me hicieron reflexionar necesariamente. Estaba harta de darme cabezazos y tener mirada de burro, con un único objetivo. ¡Pamplinas! Hay que observar el mundo como un águila, desde un amplio ángulo que nos produzca vértigo y ambición. Sí, aquel que nos haga temblar y emocionarnos. 
Sí, señores, estoy en una época de transición de lo más "heavy". Y hay días que la odio con toda mi alma y otros, como hoy, que la disfruto cada segundo. Saboreo cada instante de esta inestabilidad; una inestabilidad que nos va a acompañar toda la vida y de la que hay que familiarizarnos.
A una gran amiga siempre le digo: "tu talón de Aquiles es que no paras de planificar; deja que todo fluya". Y se lo decía sin sentirlo... Hasta ahora. Puedes planificar dos o tres cosas pero no más. Y aun así las cosas saldrán de una manera diferente a la inicial. Bueno, en eso consiste el juego de la vida: en sorprendernos.
La vida es el mayor escenario que existe, improvisemos.

#ContandoPecasYPecados
@MariaPSoroa