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viernes, 16 de enero de 2015

Época de transición

Dicen que, a lo largo de la vida, uno pasa por diferentes etapas: infantil, juvenil... Pero, cuando es "adulto" parece como si éstas se multiplicasen de una manera desmesurada.
Varias veces he comentado que, una vez que hemos cumplido con los objetivos que nos marca la sociedad (nivel de estudios, básicamente), nos encontramos ante un acantilado. El vértigo que eso nos produce es feroz. O, por lo menos, a mí me ha pasado y me sigue pasando. 
Viajero frente a un mar de nubes
Caspar David Friedrich, 1818
Creemos erróneamente que, con el título de turno colgado en la pared, está todo hecho. No, señores; esto no ha hecho más que empezar. Lo que ocurre es que ahora los caminos, hablo en plural, son muchos y muy diferentes entre sí. 
Desde que obtenemos dicho título hasta que pasan una serie de años, no somos conscientes de las muchas vías que hemos tomado; de las muchas "reconversiones" y "reciclajes" que hemos tenido que hacer. Vale, muy bien... Pero, ¿por qué nadie nos dijo cuando estábamos estudiando que podíamos padecer frustración a lo largo de nuestra vida laboral? Eso me ha pasado. Y seguro que a vosotros, también. 
Hace casi ocho años me licencié. No de una carrera de esas con "muchas salidas". No, opté por cursar una vocacional. No me quería amargar cinco años estudiando algo que no me gustaba, no me motivaba y no creo que ni sirviera para eso. Me costó un triunfo encontrar un empleo decente y... Cuál fue mi sorpresa cuando descubro que lo odiaba y que no me hacía feliz. Aunque tuviera mi sueldo a final de mes, con el que comprarme caprichos o poder salir por ahí. 
Me dieron demasiados palos; hasta yo me los di, en un ejercicio de masoquismo absurdo y reiterado... No, no me gustó nada lo que el futuro me tenía deparado. Bueno, el camino que yo solita escogí, ojo. Pero algo dentro de mí me decía: "ten paciencia, todo esfuerzo tiene su recompensa". 
Un día, en vez de seguir en mi espiral de depresión y autoengaño, decidí frenar. Sí, de manera abrupta. Hice lo que hacía tiempo no hacía: escucharme y dejar de escuchar a los demás.
Puede parecer tonto pero, mantuve un diálogo de lo más intenso con mi niña interior. Sí, ésa que siempre tiene la verdad porque mira el mundo con ojos inocentes y puros; sin artificios. 
De pequeña siempre tuve claro a lo que me quería dedicar. Clarísimo como el agua. Como he dicho antes, elegí una carrera vocacional. Pero siempre me faltaba otra pieza que encajara para poder dedicarme a lo que me gustaba al 100%.
Desde mis primeras prácticas hasta el famoso "frenazo", puse en funcionamiento solo un 50% de mis capacidades. Pensaba que con eso bastaba. Ah, claro! De allí mi frustración... Ya lo entiendo todo...
Ahora estoy en la famosa etapa de transición que consiste en tener un proyecto de vida y laboral más o menos claro pero que todavía no se puede dar porque las circunstancias no acompañan del todo. Bueno, es lo que hay. Afortunadamente y por fin, ya sé hacia dónde dirigir mis pasos. 
La verdad es que cuando hablo del tema con la gente, al final todos dicen más o menos lo mismo: "no siento todavía que haya llegado a la meta". No, no hemos logrado todos los objetivos pero es NUESTRO MOMENTO. Y lo es porque podemos replantearnos de una vez qué queremos ser y cómo hacerlo. 
Bien es verdad que muchos han optado por conformarse o por forzar las cosas con el temor de no convertirse en perdedores. Pero, los que frenan en seco o toman decisiones de lo más radicales también tienen miedo. Todos tenemos miedo a fallar. Pero, ¿a ser felices? Me aterra no ser feliz, sobre todo y ante todo; más que no encontrar el "trabajo de mi vida". 
Los 30 me hicieron reflexionar necesariamente. Estaba harta de darme cabezazos y tener mirada de burro, con un único objetivo. ¡Pamplinas! Hay que observar el mundo como un águila, desde un amplio ángulo que nos produzca vértigo y ambición. Sí, aquel que nos haga temblar y emocionarnos. 
Sí, señores, estoy en una época de transición de lo más "heavy". Y hay días que la odio con toda mi alma y otros, como hoy, que la disfruto cada segundo. Saboreo cada instante de esta inestabilidad; una inestabilidad que nos va a acompañar toda la vida y de la que hay que familiarizarnos.
A una gran amiga siempre le digo: "tu talón de Aquiles es que no paras de planificar; deja que todo fluya". Y se lo decía sin sentirlo... Hasta ahora. Puedes planificar dos o tres cosas pero no más. Y aun así las cosas saldrán de una manera diferente a la inicial. Bueno, en eso consiste el juego de la vida: en sorprendernos.
La vida es el mayor escenario que existe, improvisemos.

#ContandoPecasYPecados
@MariaPSoroa