jueves, 16 de enero de 2020

La abuela de laurel

Érase una vez, en una casona en la sierra de Madrid, en El Escorial... Una abuela hecha de hojas de laurel.
Dormía todo el día en su mullida cama, en aquella habitación tan fría y llena de humedades del primer piso.
Su camisón era azul, el mismo que el de las bolsas de basura.
Sus hijos y nietos entraban y salían de la habitación durante los meses de verano.
Daba un poco de miedo, puesto que los ruidos de las contraventanas y puertas de la casa sonaban cuando soplaba un poco de viento. Quienes iban allí por primera vez se asustaban. Y mucho.
La familia lo veía normal. Su abuela solo se despertaba por las noches, cuando nadie podía verla levantarse.
Toda la habitación olía a una mezcla de humedad y laurel. Ese olor no se olvida.
Un día, vino un amigo de una de las nietas a conocer la casa. La nieta le presentó a su abuela, quien, obviamente, no se inmutó puesto que dormía profundamente. “Allí está mi abuela. No hagas mucho ruido. No la despiertes. Está hecha de hojas de laurel”. El amigo la miró extrañado y muerto de miedo. La nieta empezó a reírse. Soltó tal carcajada que se oyó un fuerte portazo al otro lado de la vivienda. El amigo gritó. Preso del pánico, quiso irse cuanto antes mientras la nieta seguía riéndose... hasta que la abuela se despertó. Abrió un ojo. Se levantó de la cama... “perdón, abuela...”, dijo la arrepentida nieta.
El amigo había corrido tanto que había llegado al pico de Abantos.
No hay que despertar a las abuelas de laurel porque se enfadan...

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