lunes, 3 de octubre de 2011

‘Piove’, ‘piove’

Hay gente que le relaja ver la lluvia caer. Les da serenidad ver cómo las gotas se deslizan por los cristales de las ventanas. Supone para ellos una dosis de paz estar bien abrigados en sus casas con sus mantitas mientras fuera diluvia…

Pues a mí… tampoco tanto. Sobre todo cuando tienes que salir a la calle por narices. Ya sea a trabajar, tirar la basura para que deje de parecer un estercolero tu cocina, para pasear al perro o habrá consecuencias desastrosas…

Últimamente cada vez que anuncian que va a llover me pongo en lo peor. La experiencia, la madre de la ciencia, me pone en sobreaviso. Para llegar a mi lugar de trabajo tengo que atravesar un paso por alto. Hace unos meses había desperfectos en el asfalto. Con la lluvia, amigos míos, se crean charcos y no se sabe la profundidad de éstos. El caso, que salía o volvía al trabajo después de comer, no me acuerdo. En ese momento, salían los chavales del instituto cercano. Llovía copiosamente, como dicen los cursis. Pasé cerca del famoso charco. Pasaban los coches muy rápido. No sé qué tiene el agua que la gente se acelera… ¿Alguien ha visto la primera entrega del Diario de Bridget Jones? ¿La escena en la que toda mona va a reencontrarse con su verdadero amor y, al bajarse del taxi, se cala hasta los huesos? Sí, ésa. Pues me pasó lo mismo, con público adolescente y todo. Llevaba mi paraguas y todo. ¿Para qué me sirvió? Para taparme la cara ruborizada y calada… Para nada más. Es una imagen bastante patética pero graciosa para quien no la sufre.

Este mes de junio está haciendo bastante calor. Hasta me he quemado mi lechosa piel tornándose en rojo pasión. Pues esta semana amenazaban lluvia. Mi fobia volvió a estar presente, claro. Se me ocurrió la feliz idea de ponerme chanclas para ir a trabajar. Sin chaquetas, ni nada. Mucho menos, paraguas. Me cayó todo el agua del mundo. Ese día había quedado con un amigo después del trabajo. Obviamente, me pasé antes por casa para cambiarme el calzado y coger un paraguas. Un apunte: el paraguas está fenomenal cuando no hay viento. Pocas veces sucede esto. Se me volvió del revés el dichoso ‘umbrella’ cuando iba a cruzar por medio de la calle, a punto de cambiar el semáforo. En ese momento de climax cinematográfico, con una habilidad pasmosa, consigo ponerlo bien pero es entonces cuando, gracias a mi querido viento, recibo un latigazo de una de las baras de metal del artilugio en el labio… Tenía que reaccionar rápido, cruzar la carretera y llegar a mi destino.

También, el hecho de compartir paraguas es algo que no me hace especial gracia. Sobre todo si la otra persona te saca una cabeza –como es el caso de mi novio- y galantemente se ofrece a llevarlo él. Me mojo el doble, mi pelo –fosco no es la palabra- se enfurece y dice lo que mi boca no se atreve a decir: “Arrrrrrrrggggggggg!!!”.

En mis años mozos de universitaria iba hasta la facultad en autobús. Una de las paradas correspondía a un hospital. En una de éstas. Estaba yo feliz y cansadamente sentada cerca de la puerta del bus. Se sentó a mi lado una señora bastante mayor. Que lo único que hizo fue, cual torero con el semental, clavarme la punta del paraguas entre los dedos de mi pie derecho. No se dio cuenta –o eso espero-. Para lanzarle una indirecta, crucé mis piernas con lo que el paraguas, obviamente, se elevaría y se elevó. Nada. Mutis.

¿Qué más odio después de escribir este post? ¿Los paraguas? ¿La lluvia en sí? ¿La gente que se transforma en imbécil total? No sé… No sé…

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