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sábado, 10 de abril de 2010

Hoy me acordé de ti

Todos los días empleamos expresiones que años antes las usaban las personas que ya no están entre nosotros. También recordamos anécdotas divertivas con ellos como protagonistas. Esto me pasa con mi difunta abuela Lola. Una señora como las de antes. En mayúscula. Tan majestuosa y adorable que cuando alguien le escribía una carta y sólo ponía la calle -Paseo de Recoletos- pero no el número llegaba siempre a su destino. "Doña Lola".

En cuarto de carrera, en la asignatura de Guión, me mandaron un ejercicio: grabar -sólo audio- una situación cotidiana y adaptarla al formato cinematográfico. No tenía ninguna duda de a quién iba a grabar. A mi maravillosa abuela Lola. Esa misma tarde también estaban en su casa mis padres y mi tío Eduardito -con discapacidad intelectual pero más listo que nadie-. No era necesario decirles que hablasen de algo en particular. Todo surgía, como debía ser, de forma natural.

"Ayer vi a Sonsoles en la calle, el portero Lucas le ayudó a meter la compra que sacó del coche en el garaje", dijo mi padre. En ese momento, el diálogo empezaba. Mi dulce abuela le decía asombrada que qué curioso, a lo que Eduardito apostilló: "Un 'SEA', un 'SEA' 'banco'". Todos le contestaron que sí, que muy bien. El pobre, sentado en un sillón colocado en un rincón del gran salón seguía la conversación y aportando datos que los demás no le daban importancia. El caso es que, una vez en casa, escuché la grabación. Graciosa, natural, cotidiana... Pero lo divertido fue ponerle en modo rápido. Qué risas, qué carcajadas solté al oírlo. Las voces sonaban a dibujos animados. Pero, curiosamente, la de mi abuela sonaba igual. Mi padre parecía Papá Pitufo.

En los últimos años de vida intenté ir una vez a la semana a ver a mi abuela. Siempre que llegaba me miraba extrañada preguntándose a sí misma quién era yo; hasta que le decía: "¡Hola abuela!". La expresión de su cara cambiaba. Sonreía alegremente y exclamaba: "¡Princesa! ¡Qué bien que estés aquí!". Le daba dos besos, me sentaba a su lado y me cogía la mano más cercana a ella. Entonces la acariciaba con una ternura que no he visto a nadie más hacerlo así. Le contaba mi día a día, mis experiencias en el periódico donde estuve más de un año y medio de prácticas. Y siempre me decía: "Oh, qué hacha". Lucía cada día una bata majestuosa en tonos pastel: rosa o azul. Se ponía sus grandes perlas en las orejas, sin mirarse al espejo, y llevaba un coqueto moño en su nevado cabello.

Cuando llamaba a casa por teléfono siempre me recriminaba que no la iba a visitar. "Abuela, si fui ayer", le contestaba. "Pero tienes que venir", era su respuesta.

La abuela Lola siempre contaba las mismas historietas de cuando era joven. Alan, lo mal que bailaba el infante y cuando él le pisó y ella se lo dijo. "Pero, Lola, que soy el infante". Cuando yo iba acompañada de mi hermana pequeña Lola -sorda de nacimiento-, la abuela se intentaba comunicar con ella moviendo delicadamente las manos, como si dibujara en el aire. Qué imagen más preciosa me viene ahora a la mente.

Las expresiones que empleaba eran siempre geniales. Cuando yo no tenía novio siempre me decía: "No entiendo por qué no tienes. Lo que debes hacer es ir por la calle Serrano y guiñar el ojo a los muchachitos". Tampoco le gustaba que una chica estudiara ya que debía "quedarse en casa con la pata quebrada y cuidar de sus hijos".

Medio año antes de dejarnos apenas hablaba. Veía cosas que no existían y se entretenía con las luces de la calle que se reflejaban doblemente en la ventana del salón. No me reconocía ya, pero cuando le iba a visitar seguía acariciándome la mano mientras yo la miraba como si fuera una niña pequeña y no mi abuela...Cuando la soltaba la mano su rostro reflejaba incomprensión. ¿Por qué lo había hecho yo? No debía dejar de juguetear con ella. Cuando la volvía a coger la mano, volvía a sonreír y a mirar a un punto fijo.

Ya han pasado dos años desde que falleció. Se fue apagando como una vela, como dice mi madre. Los últimos regalos que le hacían eran muñecas. Es asombroso lo que hace la mente cuando nos queda poco para irnos. Los recuerdos más lejanos se convierten en los más cercanos, paradójicamente.

En el tanatorio, miraba su blanco y suave rostro desde el otro lado del cristal. Transmitía mucha paz. "Recuerda que la abuela querría que siguieras guiñando el ojo a los muchachitos", me dijo mi tía al abrazarme mientras ambas rompíamos a llorar.

A día de hoy, en casa, sobre todo mi hermano mayor y yo, empleamos frases de la abuela Lola. Recordamos sus historias y nos reímos. Al final siempre decimos: "Era genial la abuela, era genial".

Por eso, cuando fallecen los abuelos de mis amigos, les invito a que recuerden momentos compartidos y con ellos y que se sientan felices porque vivieron una infancia afortunada con seres maravillosos.

Actualmente en casa de la abuela las cosas han cambiado. Eduardito, parece haber cumplido una década en dos años. Está más triste, le echa muchísimo de menos. Era su mitad. Mis primas se van casando y aumentando la familia. En los pasillos de la casa empieza a haber gritos de niños, risas. Es otro ambiente. Muy diferente.

La vida sigue. Pero, a veces, tengo ganas de ir a casa "de la abuela" y contarle mis cosas. Aunque a los pocos minutos, la losa de la realidad cae sobre mí y me alerta de que ya no está. No pasa nada, estoy feliz y sé que ella me está protegiendo. Para mí, los seres queridos pasan a ser ángeles de la guarda una vez que mueren.

La última foto que se hizo a mi abuela es a mi lado. ¡Qué suerte la mía!

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La magia de Disney



Navidades de 1992, penúltima fila del gran cine Benlliure. Mi madre nos llevó a los seis hermanos a ver una película de dibujos animados. Se llamaba 'La sirenita'. Han pasado casi veinte años desde que pasó eso y me acuerdo como si fuera ayer.

La factoría Disney, después de bastante tiempo sin realizar filmes empezaba una nueva etapa. La edad de oro. Una década entera de grandes éxitos. Cada año salía una nueva película y se convertía en una tradición asistir a las salas de exhibición con la familia en el frío invierno.

En muchos libros de Psicología y de Publicidad intentan mostrar la cara más truculenta del mundo que creó Walt Disney. Que si hay escenas con mensajes subliminales, que si dándole a la tecla PAUSE se ven cosas... Que si, que si... Estas cosas me parecen completamente absurdas y fuera de lugar.

Para mí esas películas forman parte de mi infancia. Las imágenes y frases más geniales que tengo y empleo habitualmente son de Disney.

El vídeo que he cargado en esta entrada corresponde a mi película favorita. También me apasiona el misterioso mundo de 'Alicia en el país de las Maravillas'. De hecho, en el precioso parque madrileño de El Retiro hay zonas que me recuerdan a los jardines de la histérica y genial reina de corazones.

Cuando es de noche y la luna es similar a una sonrisa espero ansiosa a que aparezca el gato Risón. Si me hablan de París y de la iglesia de Notre Damme pienso si todavía Cuasimodo sigue tan 'jorobado' con las put*** que le hacían las gárgolas.

África está escenificada en el 'Rey León' y la canción más romántica que he escuchado en mi vida tiene como protagonistas a una empedernida lectora y a un príncipe castigado y convertido en bestia.

Cuando dejo mi imaginación volar, espero encontrar una lámpara maravillosa y es entonces cuando visualizo a un loco genio de color azulón.

'Tiana y el sapo' intenta recuperar esa magia de los 90 de hizo Disney. No va por mal camino pero... Supongo que ya he cumplido mis años y las comparaciones son odiosas.